martes, 17 de febrero de 2026

Dia frio.

 Mirando la nieve, escuchando “Lucha de gigantes”, pensaba en lo necio que podía llegar a ser uno por no ser siempre el tipo cruel que debía. 

Cada vez que había acogido a alguien, que se había parado a conocer a la persona en vez de destrozarla como era habitual en él, siempre había pasado lo mismo: le habían tomado por blando, por un pagafantas sin más. 

Aquello no volvería a pasar. Se convertiría en el tipo que tanto parecía encajar en la mente de los demás: en ese crío con uniforme e ínfulas de grandeza, o en uno de esos supuestos dominantes que, a base de promesas vacías, disfrutaban de pajas eternas con niñas inocentes. 

La verdad es que el mundo en el que él se había desarrollado, el mundo de la dominación y la sumisión, se había convertido en una mala telenovela llena de niñas que fantaseaban con un par de azotes y tipos que creían que, por el hecho de que una mujer fuera sumisa, ya había sexo fácil. Se había perdido la magia de la devoción entre dominante y sumiso, el preocuparse el primero por su más preciada posesión y la necesidad de complacer del segundo. 

Es cierto que hoy en día había más locales, más posibilidades, pero no es menos cierto que reinaba el postureo y la mentira. Seguía pensando; se sentía triste, abatido, quizás hasta nostálgico. Qué necesidad tenía de seguir viviendo aquello, de seguir molestándose por crear algo real cuando a nadie parecía importarle. 

Jugaba con su daga favorita, esa que compró en un anticuario, que perteneció a un soldado de las SS y que tenía grabado en la hoja, en alemán: “Mi honor es mi sangre”. Se la pasaba de una mano a otra y comprobaba primero el filo deslizando el mismo por la yema de los dedos, notando cómo le producía pequeños cortes que limpiaba lamiendo la sangre con la lengua. Después la punta, dejándola caer desde unos pocos centímetros sobre su pierna, notando cómo rompía la piel superficial y dejaba pequeños puntos sanguinolentos. 

—Quizás la sociedad no esté preparada para que sea bondadoso, quizás debería volver a ser el sádico que alguna vez fue —pensaba mientras dejaba la daga para coger el tantō japonés y sacarlo con mimo de su funda. 

—Cuánto tiempo sin usarte, amigo —le dijo al reluciente cuchillo. 

Subió la manga de su camisa y, pasando la hoja por su brazo, sonrió al ver cómo seguía cortando como siempre, dejando a su paso la piel sin un solo pelo. Recordó los tiempos en los que incluso lo utilizó para afeitarse mientras pasaba días en la montaña. También recordó algunos cortes que había realizado con él sobre pieles femeninas y una sensación de placer le recorrió la espalda. 

Miró a la pared de enfrente, sonrió y lanzó el cuchillo, que sin ningún esfuerzo atravesó el pladur hasta que la hoja desapareció en la misma y solo se veía el mango. Se levantó, asió el mango y liberó el arma de la pared para, tras limpiarlo en la manga de su camisa que había vuelto a bajar, guardarlo en su funda y ponerlo de nuevo junto al resto de su colección. 

Suspiró, gritó. Gritó tan fuerte que hasta su fiel perro se sobresaltó en el sofá donde dormía plácidamente. Balanceó la cabeza de un lado a otro, notando cómo crujía su columna al estirarse, y sonrió. Qué significaba aquella sonrisa, ni él lo sabía, pero sí sabía que quien la había visto le había dicho que daba miedo. 

Volvió a sonreír y, tarareando la misma canción que estaba escuchando en bucle desde hacía rato, se puso la chaqueta, cogió su sombrero y salió a la calle, donde poco a poco se perdió de vista entre la nieve y ya solo se escuchaba tararear.



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