Mientras la miraba, él no podía dejar de sonreír. No sabía cómo aquella niña había llegado a confiar así en él. Siguió acariciando su pelo hasta que decidió agarrarlo con fuerza y hacerla girar la cabeza en su dirección. El suspiro o exhalación que soltó ella hizo que un escalofrío recorriera su espalda.
La intención de girarle la cabeza no era otra que la de besarla, pero aunque sus labios se acercaron, el beso no llegó; ambos se separaron con los ojos deseosos pero tristes. Habían puesto unos límites claros que sabían que, aunque el deseo les pudiera, no debían sobrepasar.
Él le pidió que se acomodara sobre sus piernas para poder azotarla; ella lo hizo, obediente como siempre. Le bajó el pantalón y él subió la mano para después descargarla con fuerza contra el sofá. Deseaba azotarla más que nada en aquel momento, pero debía seguir respetando su acuerdo. Ella soltó un pequeño grito entre el placer y la frustración.
Ambos ardían, se deseaban, se necesitaban, pero no podían hacer nada más. Volvió a cogerla por el pelo e hizo que se sentara sobre él. Los dos podían sentir sus sexos palpitantes y húmedos a través del pantalón de él y de la braguita de ella. Tenían mucho calor, calor de ese que hace que se pierda la cabeza y la razón, pero, sin saber cómo, seguían controlándolo.
Las manos fuertes de él quitaron la camiseta de la chica, rozando levemente su piel como una caricia que no quisiera que terminara nunca. Siguió con el sujetador, lo desabrochó muy despacio, ya que la había apretado contra él para poder llegar más fácilmente y, sin decir nada, estaba disfrutando del contacto de su pecho. Se lo quitó lo más despacio que pudo, acariciando cada centímetro de piel que iba quedando al descubierto, pero sin llegar ni a rozar sus pezones: eso también estaba prohibido.
Acercando la boca a la oreja de ella, le dijo: —Me encantaría morderlos, muero por morderlos.
Ella puso una tierna sonrisa y, cogiendo las manos del hombre, las acercó hasta que las colocó sosteniendo sus pechos. Mientras le miraba y se pellizcaba los pezones con sus propios dedos, le dijo: —Piensa que mis dedos son tus dientes.
Ella jadeó, él se mordió el labio; ambos se miraron y, con un gesto de impotencia, apoyaron sus cabezas en el hombro del otro. Suspiraban, jadeaban, se deseaban, pero, fieles a su acuerdo, se contenían.
«¿Quién dijo que el deseo no duele?», pensó él mientras cerraba los ojos y volvía a suspirar.
Habían quedado solo para tomar una botella de cava en casa de ella, porque el tiempo no permitía tomarla en un mirador que la chica había elegido para ello. Las normas estaban claras: ella estaba casada y, aunque lo deseara, no quería ser infiel ya que sabía que se sentiría mal. Así que ambos habían acordado no tener sexo ni nada similar: no tocarse de forma lasciva, no besarse, no azotarla... pero la excitación les estaba matando.
Cuando ya ambos pensaban que era momento de parar, de separarse por hoy, él le expresó cuál habría sido su mayor deseo. Le dijo con palabras entrecortadas, ya que no era capaz ni de hablar en condiciones por el calentón que tenía: —Me habría encantado comerte y beberme tu sexo.
Ella volvió a poner su sonrisa pícara mientras se mordía el labio. Cogiéndole de las manos, le invitó a ponerse en pie y, poco a poco, fue desabotonando su camisa. Una vez se la hubo quitado, le pidió que se tumbara en el suelo. Aunque quejándose porque siempre le gustaba llevar las riendas, él hizo caso y se tumbó.
La chica cogió la botella de cava, en la que aún quedaban al menos tres copas por servir, y la puso en el suelo junto a su cabeza, ahora sí sonriendo con más ganas. Pasó sobre el cuerpo tumbado, con un pie a cada lado de él, hasta llegar a la altura de su cabeza y, sin dejar de mirarle a los ojos, fue bajando su cuerpo como si fuese a sentarse en su boca. Paró quedando arrodillada con su sexo a unos centímetros de la misma. Le sacó la lengua y le preguntó: —¿De verdad quieres beberte mi sexo? Está empapado por tu culpa, como ahora puedes ver e incluso oler.
Él asintió con la cabeza sin decir nada; no podía, no le dejaba la excitación. Ella, cogiendo la botella y diciendo «bebe», abrió la boca y derramó el cava que aún seguía en la botella sobre su propia boca, sin beberlo, simplemente haciendo que su boca fuera el punto de partida de la fuente en la que estaba convirtiendo su cuerpo. El cava descendió por su cuello, entre sus pechos y su vientre hasta llegar a su sexo, y de ahí a la boca del hombre.
Ella se retorcía de placer; él bebía y notaba la mezcla de sabores que hacían que su erección fuese ya inaguantable. Esto duró lo suficiente para que ambos tuvieran el mejor orgasmo mental que podrían haber tenido nunca, para que el deseo les dejara marcados, para necesitar más el uno del otro... pero aquello debía acabar ahí.
Se levantaron y ella ofreció una toalla para que él pudiera secarse la cara de esa mezcla de cava y fluidos. Él se relamió. Se abrazaron como si no hubiera un mañana, se vistieron y prolongaron la despedida, ya que ninguno de los dos quería separarse del otro.
Él se dirigió a la puerta. Hubo un último tirón de pelo con otro beso que no se completó. Entre emocionado y triste, él se despidió diciendo: —Que sepas que serás mía, cachorrita.
Ella le sacó la lengua en forma de burla y la puerta se cerró.
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