martes, 17 de febrero de 2026

Dia frio.

 Mirando la nieve, escuchando “Lucha de gigantes”, pensaba en lo necio que podía llegar a ser uno por no ser siempre el tipo cruel que debía. 

Cada vez que había acogido a alguien, que se había parado a conocer a la persona en vez de destrozarla como era habitual en él, siempre había pasado lo mismo: le habían tomado por blando, por un pagafantas sin más. 

Aquello no volvería a pasar. Se convertiría en el tipo que tanto parecía encajar en la mente de los demás: en ese crío con uniforme e ínfulas de grandeza, o en uno de esos supuestos dominantes que, a base de promesas vacías, disfrutaban de pajas eternas con niñas inocentes. 

La verdad es que el mundo en el que él se había desarrollado, el mundo de la dominación y la sumisión, se había convertido en una mala telenovela llena de niñas que fantaseaban con un par de azotes y tipos que creían que, por el hecho de que una mujer fuera sumisa, ya había sexo fácil. Se había perdido la magia de la devoción entre dominante y sumiso, el preocuparse el primero por su más preciada posesión y la necesidad de complacer del segundo. 

Es cierto que hoy en día había más locales, más posibilidades, pero no es menos cierto que reinaba el postureo y la mentira. Seguía pensando; se sentía triste, abatido, quizás hasta nostálgico. Qué necesidad tenía de seguir viviendo aquello, de seguir molestándose por crear algo real cuando a nadie parecía importarle. 

Jugaba con su daga favorita, esa que compró en un anticuario, que perteneció a un soldado de las SS y que tenía grabado en la hoja, en alemán: “Mi honor es mi sangre”. Se la pasaba de una mano a otra y comprobaba primero el filo deslizando el mismo por la yema de los dedos, notando cómo le producía pequeños cortes que limpiaba lamiendo la sangre con la lengua. Después la punta, dejándola caer desde unos pocos centímetros sobre su pierna, notando cómo rompía la piel superficial y dejaba pequeños puntos sanguinolentos. 

—Quizás la sociedad no esté preparada para que sea bondadoso, quizás debería volver a ser el sádico que alguna vez fue —pensaba mientras dejaba la daga para coger el tantō japonés y sacarlo con mimo de su funda. 

—Cuánto tiempo sin usarte, amigo —le dijo al reluciente cuchillo. 

Subió la manga de su camisa y, pasando la hoja por su brazo, sonrió al ver cómo seguía cortando como siempre, dejando a su paso la piel sin un solo pelo. Recordó los tiempos en los que incluso lo utilizó para afeitarse mientras pasaba días en la montaña. También recordó algunos cortes que había realizado con él sobre pieles femeninas y una sensación de placer le recorrió la espalda. 

Miró a la pared de enfrente, sonrió y lanzó el cuchillo, que sin ningún esfuerzo atravesó el pladur hasta que la hoja desapareció en la misma y solo se veía el mango. Se levantó, asió el mango y liberó el arma de la pared para, tras limpiarlo en la manga de su camisa que había vuelto a bajar, guardarlo en su funda y ponerlo de nuevo junto al resto de su colección. 

Suspiró, gritó. Gritó tan fuerte que hasta su fiel perro se sobresaltó en el sofá donde dormía plácidamente. Balanceó la cabeza de un lado a otro, notando cómo crujía su columna al estirarse, y sonrió. Qué significaba aquella sonrisa, ni él lo sabía, pero sí sabía que quien la había visto le había dicho que daba miedo. 

Volvió a sonreír y, tarareando la misma canción que estaba escuchando en bucle desde hacía rato, se puso la chaqueta, cogió su sombrero y salió a la calle, donde poco a poco se perdió de vista entre la nieve y ya solo se escuchaba tararear.



África

 África. Lo que para la mayoría era solo el nombre de un continente, para mí era mucho más: lo era todo.

Desde la primera vez que la vi pasar a mi lado, con su andar desenfadado, su piercing en el labio y esas botas tan suyas, sabía que era diferente, que probablemente no encontraría a nadie igual. Aunque la mirada que me devolvió fue una mezcla de asco y odio, a mí me impresionó. 

Al día siguiente, más de lo mismo: yo sonriendo y ella con su mueca de desprecio. Otro, otro y otro más. Los días fueron pasando y yo seguía sonriendo a su paso; dicen que si siempre haces lo mismo el resultado no cambia pero, ¿Quién podría no sonreír alguna vez? 

Pasaron los días y decidí cambiar la estrategia. Decidí disfrazarme: un día de pirata, de bailarina de ballet, de bufón, de gatito, de perrete, de príncipe de las galletas de chocolate... Poco a poco su gesto fue cambiando. La indiferencia se tornó curiosidad y tanto su cara de odio como el gesto de asco se fueron suavizando. 

Y por fin, el día llegó. Disfrazado esta vez de jinete de la Inglaterra victoriana, con mi caballo de madera —de esos que son balancines para los niños pequeños—, yo sonreí. Ella pasó y siguió andando como siempre, pero unos metros después se giró, sonrió y se acercó a mí. 

—Si me das la fusta, te dejo que me invites a una cerveza —dijo. 

Sin entender por qué, y sin decir palabra, se la entregué y la seguí. 

Nuestra primera caña juntos. Ella sonreía y, cuanto más lo hacía, más me sentía seducido y atrapado. Tenía una mirada tan potente que era incapaz de mirarla a los ojos; me podía. Las siguientes veces fui descubriendo más de ella: era tan fuerte como sensible, tan pasional como distante. Era un huracán que entraba en tu vida y no dejaba nada en su sitio; ese rayo de sol en primavera que llena de calor tu espíritu.

Siempre salvaje, pero eternamente niña y dulce. Se protegía del mundo con su fortaleza para no ser herida en su frágil alma. El tiempo pasaba, nos fuimos conociendo más, descubriendo quiénes éramos y por qué. 

Así que, como empezaban estas letras, se convirtió en mucho más, en mi todo. Y esto lo pensaba mientras sus negras botas pisaban mis manos y mi cuerpo desnudo. Su voz potente hacía que me estremeciera, que esperara su castigo, que lo anhelara; y tanto mi alma como mi cuerpo estaban al servicio de ella, mi dama, mi diosa, mi vida, mi África.



Cachorrita

 Mientras la miraba, él no podía dejar de sonreír. No sabía cómo aquella niña había llegado a confiar así en él. Siguió acariciando su pelo hasta que decidió agarrarlo con fuerza y hacerla girar la cabeza en su dirección. El suspiro o exhalación que soltó ella hizo que un escalofrío recorriera su espalda.

 La intención de girarle la cabeza no era otra que la de besarla, pero aunque sus labios se acercaron, el beso no llegó; ambos se separaron con los ojos deseosos pero tristes. Habían puesto unos límites claros que sabían que, aunque el deseo les pudiera, no debían sobrepasar. 

Él le pidió que se acomodara sobre sus piernas para poder azotarla; ella lo hizo, obediente como siempre. Le bajó el pantalón y él subió la mano para después descargarla con fuerza contra el sofá. Deseaba azotarla más que nada en aquel momento, pero debía seguir respetando su acuerdo. Ella soltó un pequeño grito entre el placer y la frustración.

 Ambos ardían, se deseaban, se necesitaban, pero no podían hacer nada más. Volvió a cogerla por el pelo e hizo que se sentara sobre él. Los dos podían sentir sus sexos palpitantes y húmedos a través del pantalón de él y de la braguita de ella. Tenían mucho calor, calor de ese que hace que se pierda la cabeza y la razón, pero, sin saber cómo, seguían controlándolo. 

Las manos fuertes de él quitaron la camiseta de la chica, rozando levemente su piel como una caricia que no quisiera que terminara nunca. Siguió con el sujetador, lo desabrochó muy despacio, ya que la había apretado contra él para poder llegar más fácilmente y, sin decir nada, estaba disfrutando del contacto de su pecho. Se lo quitó lo más despacio que pudo, acariciando cada centímetro de piel que iba quedando al descubierto, pero sin llegar ni a rozar sus pezones: eso también estaba prohibido.

 Acercando la boca a la oreja de ella, le dijo: —Me encantaría morderlos, muero por morderlos.

 Ella puso una tierna sonrisa y, cogiendo las manos del hombre, las acercó hasta que las colocó sosteniendo sus pechos. Mientras le miraba y se pellizcaba los pezones con sus propios dedos, le dijo: —Piensa que mis dedos son tus dientes. 

Ella jadeó, él se mordió el labio; ambos se miraron y, con un gesto de impotencia, apoyaron sus cabezas en el hombro del otro. Suspiraban, jadeaban, se deseaban, pero, fieles a su acuerdo, se contenían.

 «¿Quién dijo que el deseo no duele?», pensó él mientras cerraba los ojos y volvía a suspirar.

 Habían quedado solo para tomar una botella de cava en casa de ella, porque el tiempo no permitía tomarla en un mirador que la chica había elegido para ello. Las normas estaban claras: ella estaba casada y, aunque lo deseara, no quería ser infiel ya que sabía que se sentiría mal. Así que ambos habían acordado no tener sexo ni nada similar: no tocarse de forma lasciva, no besarse, no azotarla... pero la excitación les estaba matando.

Cuando ya ambos pensaban que era momento de parar, de separarse por hoy, él le expresó cuál habría sido su mayor deseo. Le dijo con palabras entrecortadas, ya que no era capaz ni de hablar en condiciones por el calentón que tenía: —Me habría encantado comerte y beberme tu sexo. 

Ella volvió a poner su sonrisa pícara mientras se mordía el labio. Cogiéndole de las manos, le invitó a ponerse en pie y, poco a poco, fue desabotonando su camisa. Una vez se la hubo quitado, le pidió que se tumbara en el suelo. Aunque quejándose porque siempre le gustaba llevar las riendas, él hizo caso y se tumbó. 

La chica cogió la botella de cava, en la que aún quedaban al menos tres copas por servir, y la puso en el suelo junto a su cabeza, ahora sí sonriendo con más ganas. Pasó sobre el cuerpo tumbado, con un pie a cada lado de él, hasta llegar a la altura de su cabeza y, sin dejar de mirarle a los ojos, fue bajando su cuerpo como si fuese a sentarse en su boca. Paró quedando arrodillada con su sexo a unos centímetros de la misma. Le sacó la lengua y le preguntó: —¿De verdad quieres beberte mi sexo? Está empapado por tu culpa, como ahora puedes ver e incluso oler. 

Él asintió con la cabeza sin decir nada; no podía, no le dejaba la excitación. Ella, cogiendo la botella y diciendo «bebe», abrió la boca y derramó el cava que aún seguía en la botella sobre su propia boca, sin beberlo, simplemente haciendo que su boca fuera el punto de partida de la fuente en la que estaba convirtiendo su cuerpo. El cava descendió por su cuello, entre sus pechos y su vientre hasta llegar a su sexo, y de ahí a la boca del hombre. 

Ella se retorcía de placer; él bebía y notaba la mezcla de sabores que hacían que su erección fuese ya inaguantable. Esto duró lo suficiente para que ambos tuvieran el mejor orgasmo mental que podrían haber tenido nunca, para que el deseo les dejara marcados, para necesitar más el uno del otro... pero aquello debía acabar ahí. 

Se levantaron y ella ofreció una toalla para que él pudiera secarse la cara de esa mezcla de cava y fluidos. Él se relamió. Se abrazaron como si no hubiera un mañana, se vistieron y prolongaron la despedida, ya que ninguno de los dos quería separarse del otro. 

Él se dirigió a la puerta. Hubo un último tirón de pelo con otro beso que no se completó. Entre emocionado y triste, él se despidió diciendo: —Que sepas que serás mía, cachorrita. 

Ella le sacó la lengua en forma de burla y la puerta se cerró.



miércoles, 7 de agosto de 2024

¿Quién es el?

Nadie le conocía aunque hablaba con todo el mundo.

Era un tipo que siempre tenia una palabra amable para los demás, un abrazo para reconfortar y tiempo para escuchar. Era el amigo, el confidente, el amante, pero en el fondo aunque era todo para muchas personas, no era nadie para el.

Se molestaba en solucionar problemas pero nunca los suyos, se rompía la cabeza tratando de buscar soluciones pero se olvidaba de tomar una aspirina para el dolor.

Siendo un pensador, un psicólogo, un gladiador, incluso una tarjeta de crédito, en el fondo no era importante.

El tiempo le había enseñado a mirar siempre a delante, a no quejarse del pasado y a seguir sonriendo. La vida no era un camino de rosas, pero las espinas que las rosas tienen, el las trataba de quitar del camino de los demás para que no resultaran heridos y si, ni con esas podía evitarlo, el tenia a mano desinfectante y tiritas para curarlos.

Pasaría por un tipo de lo mas normal, quizás tirando a feo, quizás tirando a obeso, su aspecto nunca le preocupo en exceso siempre que antes de ir a dormir hubiera conseguido arrancar una sonrisa a alguien.

Inevitablemente el paso del tiempo le estaba dejando cicatrices, heridas de batallas que no eran suyas, quemaduras de dragones por defender a princesas, noches de insomnio por fantasmas de pesadillas ajenas y sobre todo agotamiento. Necesitaba desconectar del ruido que los problemas ajenos habían metido en su cabeza.

Un día vio una luz, una luz cálida que le guio al mejor sitio donde podría estar, aun lugar donde todo era bondad y amor, a un rincón donde nadie podría dañarle y el podría sanar.

Se sentó en el suelo cogiendo sus rodillas entre sus brazos, metió su cabeza entre ellos y respiro.

“Solo aquí, solo en mi enorme y noble corazón lograre sanar y salir mas fuerte al mundo.”- se dijo mientras hacia por no olvidarse de respirar.

Hoy había vuelto a conseguirlo, hoy también se acostaría habiendo arrancado una sonrisa, aunque esta vez fuese la suya propia.




La casa de papel.

 

Que daño hizo la dichosa serie de la casa de papel.

Hay gente que habla de las 50 sombras, pero aquello era previsible, sin embargo nadie esperaba que la serie fuera igual o peor.

Y os preguntareis porque digo esto, no os preocupéis, os contare una pequeña historia.

Es la historia de una revolucionaria de izquierdas, nada fuera de lo común hoy en día, pero revolucionaria de barra de bar, que es lo que se lleva.

Una chica con sus estudios, con su familia y con los problemas que acucian a cualquiera hoy en día, trabajo, dinero, salud, preguntas existenciales, etc, etc.

La vida tiene momentos buenos y malos para todos, pero son eso, solo momentos y ella los malos los sobrellevaba y los buenos, bueno, siempre encontraba la forma de tener sus buenos momentos y a ser posible en compañía masculina.

Su vida cambio cuando encontró al profesor, ¿Qué mujer no quiere uno después de ver la serie?, pues eso, ella encontró el suyo y como fan, muy fan de la serie, sus momentos de intimidad se convirtieron en una escena mas. ¿Os preguntáis porque?, muy sencillo, un día, desde la calle los vecinos escucharon frases tales como: “Profesor lléname la boca con tu enorme sabiduría, profesor penetra hasta el fondo de mi agujero negro, profesor no dejes nada de mi sin robar, profesor inundarme con tu gran conocimiento, profesor castígame que he sido mala, profesor examinarme como sino hubiera un mañana, profesor rompe el núcleo de todos mis átomos hasta que no pueda sentarme durante una semana, profesor déjame lamer tu infinito.”

Esto acababa con dolores de cabeza, menstruales y todo tipo de preocupaciones.

Así que ya sabéis el porque de mi teoría sobre la serie. Diréis que para teorizar debo ser profesor y algo de razón tenéis, pero si la gente habla del gato de schrödinger sin haber visto un gato en su vida y por supuesto no tener ningún conocimiento de quien era ese físico, por las mismas yo me permito escribir estas letras satíricas.




martes, 6 de agosto de 2024

Mal viaje

Estaba tumbado y el silencio llenaba la habitación aunque no sus pensamientos.

Hacia horas que permanecía tendido en el suelo, había sido un mal viaje y lo que debía haber sido una fiesta se torno en pesadilla.

La cerveza y el añejo de malta surtieron su efecto, bailo al son de la música, aunque no la escuchaba.

Quien en su sano juicio diría que no a las suculentas rayas que le ofrecían, tan bien hechas, tan blancas, en ese espejo que habían descolgado de la pared solo para ello, en el que podía ver su reflejo al esnifar aquella mágica sustancia.

Puffffff, fue como un balonazo que acertara el centro de su cabeza, nada mas tomarla noto que aquello era distinto, que nunca había tomado nada igual.

Su cabeza empezó a dar vueltas y perdió la noción de donde o con quien estaba.

Sin tener claro por que, se vio hablando en extrañas lenguas, o al menos a el se lo parecía, simplemente balbuceaba, se sintió tan fuerte que intento levantar el sofá con sus amigos encima y creyó que lo hacia, pero nada mas lejos de la realidad, todos se reían de el y de su cara de esfuerzo mientras el sofá no se movió ni un milímetro.

Después se puso a saltar, intentando dar con la cabeza en el techo, cosa que era imposible, ya que aquella casa tenia los techos abovedados a no menos de cinco metros, pero el sentía que volaba y llegaba con facilidad. Del rato que estuvo persiguiendo pitufos por toda la casa, quizás os hable en otro momento.

Tenia sed, mucha sed, así que decidió tomar una mierda que pidió en alguna ocasión para una chica que le había marcado sin saber porque, vodka con Red Bull. No podía estar mas malo, pero como la sensación de tener la garganta seca le estaba matando, se lo bebió de un trago. Mal hecho, sintió otro golpe en la cabeza y unas terribles ganas de vomitar. Siguió intentando proezas imposibles, pero no tan raras, o acaso nadie ha intentado subir andando por la pared, lamer el fondo de una botella de whisky, hacer un ejercicio de anillas sujetando unas cortinas, un triple mortal tomando como trampolín la mesa del salón o jugar a ser Guillermo Tell con un arco que trajo de alguno de sus viajes a África. Aquí fue donde la gente se asusto y se marcho, nadie quería acabar con una flecha incrustada en su cabeza por un mal pedo.

Cuando la gente se marcho, cuando todo estuvo en silencio, cuando ya no quería impresionar a nadie y a nadie le preocupaba, se acerco al viejo tocadiscos del salón y rebuscando en la estantería encontró el vinilo que quería.

Lo saco de su funda y tras depositar la aguja con suavidad sobre sus surcos, la música de Radiohead lleno la estancia.

Se desplomo en el suelo, sus labios acompañaban la letra pero sin emitir ningún sonido.

Los recuerdos de la chica del vodka llenaron su cabeza.

El era feliz porque ella era feliz, pero si algo le diferenciaba del resto del mundo es que tenia la cualidad de analizar situaciones y prever el desenlace de las mismas. El ser humano era tan predecible.... Como era normal en el, ya que el tiempo le había enseñado a ser discreto, aunque tuviera claro el desenlace de los acontecimientos, sabia que tenia que callar y dejar que la vida siguiera su curso.

Lloro en silencio mientras ahora si, entre sollozos, canto, canto y canto, hasta quedarse dormido.




Hora de dar el paso.

 

Mientras el avión despegaba, sonreía. Llevaba tiempo queriendo hacer aquello y por fin hoy era el día.

Había encontrado el valor necesario, ya había escuchado todo lo que necesitaba, escrito todo lo que sabia, bailado hasta que se acabo la música, bebido como si tuviera sed y amado hasta que su corazón le permitió.

Ya era hora de dar el paso, ya era hora de decir adiós a sus miedos.

Con lo que le gustaba reír y últimamente componía una mueca con sus labios para simular una sonrisa. Sus ojos se habían apagado y en su cabeza ya no surgían las palabras con las que mantener interesantes conversaciones y mucho menos escribir esos relatos de dudosa calidad, pero que a el le ayudaban a liberar la mente.

El avión no paraba de ascender y el ruido de las hélices cada vez era mas ensordecedor. Empezaba a sentir algo de frio, así que cruzo sus brazos sobre el pecho para tratar de darse calor. No lo consiguió.

Su mente volaba mas deprisa que aquel aeroplano, sus pensamientos que nunca le daban un respiro en aquel momento sonaban como las pezuñas de mil caballos al galope. Le dolía la cabeza y aquel era el peor dolor que podía sentir. Se había fracturados huesos, ligamentos, había tenido cólicos y mil dolencias mas, pero el dolor de cabeza, eso le consumía. ¿Podrían unas simples letras haber hecho tal mella en su subconsciente?

Seguían ascendiendo, el suelo ya no se apreciaba por la ventanilla, incluso vio como atravesaban unas nubes blancas y densas.

Ocho mil pies y subiendo.

Cogió la mochila, se la coloco a la espalda y la fijo con firmeza.

Mientras se ponía en pie, trato de recordar las palabras, y sin lugar a dudas golpearon su cabeza “calvo, sobrepeso, serio y nada atractivo”- Pues era una buena forma de definirle, el que nunca había prestado atención al físico y era definido solo por ello.

Cogió la manivela de la puerta, la subió y tiro de la misma. La puerta se deslizo con fuerza y ante el apareció el cielo azul y unos cientos de metros mas abajo las nubes que habían atravesado.

Se santiguo, miro al frente y salto.

En nada se vio perforando las nubes, junto sus piernas y pego sus brazos al cuerpo, la velocidad cada vez era mayor y entonces grito: “Calvooooo, feooooo, gordooooo”

La velocidad no dejaba de incrementar y ya se distinguía el suelo con claridad.

Sin saber porque, comenzó a reír, no una risa normal, sino una carcajada descomunal. Se reía de la vida, se reía de la gente, se reía de lo banal y lo mundano.

Tiro de la anilla, el paracaídas de desplegó y noto como este tiraba de sus hombros con fuerza. Planeo los metros que quedaban hasta el suelo y aterrizo suavemente, algo nada lógico para su gran peso.

Libero los anclajes de la mochila que le mantenían fijado al cordaje, soltó un grito de esos que te liberan de la tensión y cantando una canción de “Viva Suecia” se dirigió al coche para seguir con la rutina, que al fin y al cabo era martes y debería estar trabajando.





viernes, 2 de agosto de 2024

Pequeñas desavenencias.

 

“El día no había sido como esperaba”, pensaba mientras montaba en el metro camino a casa.

Le habían llamado para solucionar una pequeña desavenencia y cuando parecía que su don de palabra lo tenia resuelto, salieron los dichosos flecos sueltos de toda negociación, esos que sabes que están ahí, pero que siempre crees que serán puro tramite.

Que si tu te quedas con esto, que si tu con lo otro, lo de siempre en su trabajo.

Siempre hay un estúpido que trata de ser mas listo que el resto y al que hay que mantener un poco mas controlado, en este caso había dos, uno por cada parte.

Estaba cansado de este tipo de gente, parece que no tienen otra cosa que hacer en la vida mas que ir midiéndosela con todo el mundo, demostrar que son mas listos, mas fuertes y con mas cojones que nadie. “Que harto estaba de tanto estúpido”- no dejaba de pensar mientras seguía tratando de calmar la situación.

Cuando pensaba que no podía ir peor, apareció el otro tonto, el que saca del bolsillo la polvera para esnifar coca y tratar de aparentar tranquilidad. Que se droguen era algo habitual en su trabajo, pero que en un momento de tensión alguien meta la mano en la chaqueta y la vuelva a sacar rápidamente, eso siempre traía problemas. El movimiento reflejo de los que tenia enfrente hizo que ellos repitieran el movimiento, pero en sus manos aparecieron las tan comunes pistolas semiautomáticas de este mundillo.

Por si no lo sabíais o no os lo había contado, el trabajo de nuestro hombre era el de pacificador de los carteles, era a quien llamaban para en su representación poner paz en las disputas de las pequeñas bandas que se encargaban de las distintas zonas de distribución.

Cuando las armas afloraron, suspiro, pidió calma y les rogó que las guardasen.

Aunque a regañadientes, poco a poco volvieron a su lugar bajo las chaquetas.

Una vez recuperada la calma, volvió a centrarse en los dos mas gallitos.

La conversación se estaba saliendo de madre y no había forma de frenarlos, cada vez mas cerca uno del otro, cada vez mas exaltados. Dio un paso hacia delante y se coloco prácticamente en medio de ellos. Les dijo con voz calmada: “Hoy no tengo el ritmo en el cuerpo para bailar el agua a nadie, así que dejarlo de una puta vez.”

Ellos dieron un paso mas y quedaron a una distancia incomoda del pacificador. Este se cruzo de brazos, metiendo sus manos bajo la gabardina, suspiro y con un rápido movimiento, sus manos aparecieron de nuevo a la vista de todos con un Tanto japones en cada una, acabando con la discusión a la vez que acababa con la vida de los dos gallitos. El resto casi no vieron las armas, prácticamente no percibieron el movimiento de manos, simplemente vieron las dos gargantas cercenadas de las que brotaba sangre como si de un manantial se tratara.

Dio un par de pasos atrás y guardo los cuchillos para remplazarlos por dos armas automáticas de fabricación rusa.

Miro al resto y les dijo: “Vosotros veréis, si seguís haciendo el gilipollas no me vais a dejar otra opción mas que acabar con todo el que sea un problema sino, podéis asentir, reconocer los términos que os he propuesto para zanjar este acuerdo y deshaceros del cuerpo de estos dos mierdas.”

Asintieron y cada grupo se acerco para recoger a su miembro caído.

El permaneció tranquilo, impasible mientras se marchaban. Una vez estuvo solo, saco un pañuelo de su bolsillo, limpio la sangre que había caído en sus zapatos y se dirigió al metro.

“El día no había sido como esperaba”, pensaba mientras montaba en el metro camino a casa.

“Y ahora me queda lo peor, cumpleaños de mi hija en el parque de bolas y aguantar a los gallitos de los padres presumiendo de trabajos, coches y de lo listos y guapos que son sus hijos”-Pensaba mientras hacia una mueca de asco – “Mejor me dejo los cuchillos en casa.”




miércoles, 31 de julio de 2024

La lesión.

 

Había amanecido cansada, con cientos de preguntas en la cabeza y con dudas que sabia que no se resolverían solas.

La habitación del hospital, sobria y fría como todas, le parecía mas grande que la tarde anterior cuando ingreso.

No era nada serio, pero los médicos habían decidido mantener en observación aquella lesión de su pierna durante unos días.

El silencio era atronador, se metía en su cabeza y la asustaba, ya que nunca le había gustado estar sola con sus pensamientos y en esta situación no tenia otra cosa que hacer.

Ya le dijeron que pasaría el medico a verla a media mañana, pero que el resto del día tratarían de no molestarla para que pudiera descansar. Las visitas, hasta al menos media tarde no aparecerían, o bien trabajaban, o bien por ser finales de julio estaban de vacaciones o como su nueva pareja salía de viaje ese mismo día.

En parte necesitaba estar sola, pero no quería sentirse sola.

Las preguntas que todos el mundo se hace alguna vez en la vida y que ella siempre se evitaba, llenaron su cabeza, “¿De donde vengo?”, “¿A donde voy?”, “¿Quien soy?”, “¿Quien quiero ser?” y quizás las mas importantes, “¿Como quiero ser?”, “¿Y que haré para conseguirlo?”.

El teléfono no dejaba de sonar, sus padres, su hermana, alguna amiga, su chico, un medio amigo pesado que parece que no podía dejar el WhatsApp en paz, algún amante preguntando si tenia plan e incluso una llamada para venderle una alarma y otra para saber si estaba contenta con su compañía de móvil.

Intento poner la televisión para ver algo de los juegos olímpicos y no pensar, pero nada de lo que veía llamo su atención, así que la apago, cerro los ojos e intento dormir un poco. No lo consiguió.

Su mente seguía dando vueltas a todo, a su situación actual, a su pasado, del cual estaba intentando escapar lo mejor que podía, a su futuro.

El día tenia pinta de que iba a ser una mierda.

Entre pensamiento y pensamiento, se le escapo alguna sonrisa al recordar los buenos ratos, alguna que otra lagrima, ahora que nadie la veía se podía mostrar vulnerable y tenia por lo que llorar.

El tiempo parecía torturarla con su lentitud. Tic, tac, tic tac, hasta se escuchaba el segundero del feo reloj que colgaba en la pared de enfrente junto a la televisión.

Cuando parecía que no podía mas, que aquello la superaría, unos nudillos golpearon la puerta, esta se abrió y una voz familiar dijo:” Toc, toc, toc, ¿Se puede?”

Antes de ver su cara, vio aparecer un ramo de coloridas flores de un tamaño considerable.

Su cara cambio por completo. Ahora una sonrisa y el brillo de sus ojos parecieron iluminar la habitación.

“Buenos días cariño, ¿Pero no te ibas de viaje?”- Pregunto con voz de sorpresa a su chico, que fue quien apareció detrás de las flores.

“Tienes razón mi niña, pensaba haber salido hace un par de horas pero, ¿Cómo me iba a marchar sin pasar a verte aunque sea cinco minutos?”- Contesto el mientras le daba un suave beso en los labios.

La conversación fue breve, con las frases y preguntas típicas de hospital y que no reproduciré para no aburriros. Diré que termino con un cálido a la vez que pasional beso y con una promesa de regresar lo antes posible de su viaje para cuidarla o ayudarla en lo que necesitara.

El chico se marcho con la misma tranquilidad con la que había entrado y ella respiro con una mezcla de alivio y felicidad.

Muchas de sus preguntas seguían sin respuesta, pero al menos sabia que tenia alguien con quien compartir sus dudas y que la ayudaría a levantarse para seguir adelante si flaqueaba.

Le serviría para sanar no solo de la lesión de su pierna.

La puerta volvió a sonar, esta vez no hubo sorpresa, el doctor pasaba su consulta tal y como le habían dicho.

Que rápido pasa el tiempo cuando quiere y que maravillosa puede llegar a ser la vida.




martes, 23 de julio de 2024

Adiós mentiras.

 

Parece mentira, pensaba mientras tomaba un granizado sentado el el parque Garibaldi, con la ciudad eterna a sus pies.

Llevaba en la tierra mas tiempo del que pudiera recordar. Le mandaron a ella para ayudar y guiar al ser humano en su evolución, y aunque en muchos aspectos habían aprendido y cada vez eran mas civilizados, había algo en lo que no cambiaban, que le ocasionaba guerras, disputas familiares y rupturas de parejas.

El ser humano era mentiroso por naturaleza, da igual la confianza que tuvieran, incluso daba igual que les dijeras que no sabían mentir y que siempre se notaba que lo hacían, todo daba igual, ellos seguían haciéndolo creyendo que eran mas listos que los demás y que nadie se daría cuenta.

Mintió Cleopatra, mintió Cesar, Alejandro Magno, Carlos V, Napoleón y así podría seguir y enumerar desde el primer hasta el ultimo miembro de esta especie.

Los niños mienten cuando tiran algo, aunque les vean, siempre dicen que ellos no han sido.

El granizado estaba casi acabado y mirando al fondo del vaso pensó: “La sociedad también debe acabar.”

Se había cansado de ser compasivo, estaba harto de luchar por ellos e interferir ante los dioses justificando la falta de tiempo que había tenido para guiarles, ganando siglos para que modificaran su conducta. De nada había servido.

Siempre pensó que los hombres eran buenos por naturaleza, pero poco a poco había dejado de creerlo, el ser humano era egoísta, avaricioso y sobre todo mentiroso.

Sentía que había desperdiciado unos milenios muy valiosos, que quizás de haber hecho antes lo que tenia que hacer, hubiera surgido otra especie mas inteligente y menos engreída.

Estrujo el vaso en su mano hasta hacerlo una bola y suspiro.

Ya no creía en ellos y que mejor que la ciudad eterna para marcar el fin de la humanidad.

Alzo sus manos al cielo, invoco la furia de los dioses y bajo sus brazos de golpe con un ensordecedor grito de rabia.

Del cielo descendieron columnas de fuego que al chocar contra el suelo generaban devastadores incendios y terrible temblores.

La tierra se abría, se desgarraba, brotando ríos de lava por doquier.

Vio caer el coliseo, contemplo como la plaza de San Pedro se tornaba en volcán, vio a la gente llorar y perecer.

La tierra se hundía bajo sus pies, pero el se mantenía en el mismo lugar, suspendido en el aire, con un gesto triste, pero a la vez calmado.

Cerro los ojos unos segundos a modo de despedía y se desvaneció en el aire.

Quizás algún día otra especie evolucionara y el tendría que volver, quizás el mundo tendría lo que se merecía, mientras tanto las mentiras habrían desaparecido.