martes, 17 de febrero de 2026

África

 África. Lo que para la mayoría era solo el nombre de un continente, para mí era mucho más: lo era todo.

Desde la primera vez que la vi pasar a mi lado, con su andar desenfadado, su piercing en el labio y esas botas tan suyas, sabía que era diferente, que probablemente no encontraría a nadie igual. Aunque la mirada que me devolvió fue una mezcla de asco y odio, a mí me impresionó. 

Al día siguiente, más de lo mismo: yo sonriendo y ella con su mueca de desprecio. Otro, otro y otro más. Los días fueron pasando y yo seguía sonriendo a su paso; dicen que si siempre haces lo mismo el resultado no cambia pero, ¿Quién podría no sonreír alguna vez? 

Pasaron los días y decidí cambiar la estrategia. Decidí disfrazarme: un día de pirata, de bailarina de ballet, de bufón, de gatito, de perrete, de príncipe de las galletas de chocolate... Poco a poco su gesto fue cambiando. La indiferencia se tornó curiosidad y tanto su cara de odio como el gesto de asco se fueron suavizando. 

Y por fin, el día llegó. Disfrazado esta vez de jinete de la Inglaterra victoriana, con mi caballo de madera —de esos que son balancines para los niños pequeños—, yo sonreí. Ella pasó y siguió andando como siempre, pero unos metros después se giró, sonrió y se acercó a mí. 

—Si me das la fusta, te dejo que me invites a una cerveza —dijo. 

Sin entender por qué, y sin decir palabra, se la entregué y la seguí. 

Nuestra primera caña juntos. Ella sonreía y, cuanto más lo hacía, más me sentía seducido y atrapado. Tenía una mirada tan potente que era incapaz de mirarla a los ojos; me podía. Las siguientes veces fui descubriendo más de ella: era tan fuerte como sensible, tan pasional como distante. Era un huracán que entraba en tu vida y no dejaba nada en su sitio; ese rayo de sol en primavera que llena de calor tu espíritu.

Siempre salvaje, pero eternamente niña y dulce. Se protegía del mundo con su fortaleza para no ser herida en su frágil alma. El tiempo pasaba, nos fuimos conociendo más, descubriendo quiénes éramos y por qué. 

Así que, como empezaban estas letras, se convirtió en mucho más, en mi todo. Y esto lo pensaba mientras sus negras botas pisaban mis manos y mi cuerpo desnudo. Su voz potente hacía que me estremeciera, que esperara su castigo, que lo anhelara; y tanto mi alma como mi cuerpo estaban al servicio de ella, mi dama, mi diosa, mi vida, mi África.



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