En la puerta de un café dio con una apuesta joven, de rizada melena, mas alta de lo normal y de aspecto desenfadado. Era mas parecida a uno de los gigantes del libro que a Dulcinea, pero tenia una dulce sonrisa que rápido cautivo al hidalgo.
Las historias de caballería no eran mas que eso, historias, y el se veía en algo real, algo que le estaba robando el corazón. ¿Como podría enamorarse de un gigante?, ¿Estaria en posesión de sus facultades mentales? La única respuesta que le venia a la cabeza es era que si. La joven aunque grande era hermosa, afable y seductora. Y tonto seria el si no se dejara embaucar. Con el paso de los días, su gigante fue tornando a princesa, su recelo a pasión, y su desconfianza a amor.
Se vio atrapado por una historia digna de novela romántica. Perdió su lanza, su yelmo e incluso a Rocinante, se vio desnudo de corazas y armaduras y vulnerable ante un torrente de sentimientos que le sobrepasaban.
Tarde fue cuando recordó como quemaban los libros de caballería, y como D.Quijote era devuelto a la realidad.
En ese momento, la vida le golpeo con toda su crudeza. Su princesa no era suya, las sonrisas no eran para el, y lo que su imaginación había creado se desvaneció.
Solo había un hombre mayor, no demasiado agraciado, tomando un café en una terraza mientras contemplaba a una hermosa jovencita a la que jamas tendría el valor de saludar.
Me ha gustado esta historia de caballería moderna, aunque el Quijote original sea más luchador que el de tu historia, jajaja
ResponderEliminarPero me gusta el fondo de crear un sueño... a veces hasta se cumplen, aunque haya que darles un empujoncito.