“El día no había sido como esperaba”, pensaba mientras montaba en el metro camino a casa.
Le habían llamado para solucionar una pequeña desavenencia y cuando parecía que su don de palabra lo tenia resuelto, salieron los dichosos flecos sueltos de toda negociación, esos que sabes que están ahí, pero que siempre crees que serán puro tramite.
Que si tu te quedas con esto, que si tu con lo otro, lo de siempre en su trabajo.
Siempre hay un estúpido que trata de ser mas listo que el resto y al que hay que mantener un poco mas controlado, en este caso había dos, uno por cada parte.
Estaba cansado de este tipo de gente, parece que no tienen otra cosa que hacer en la vida mas que ir midiéndosela con todo el mundo, demostrar que son mas listos, mas fuertes y con mas cojones que nadie. “Que harto estaba de tanto estúpido”- no dejaba de pensar mientras seguía tratando de calmar la situación.
Cuando pensaba que no podía ir peor, apareció el otro tonto, el que saca del bolsillo la polvera para esnifar coca y tratar de aparentar tranquilidad. Que se droguen era algo habitual en su trabajo, pero que en un momento de tensión alguien meta la mano en la chaqueta y la vuelva a sacar rápidamente, eso siempre traía problemas. El movimiento reflejo de los que tenia enfrente hizo que ellos repitieran el movimiento, pero en sus manos aparecieron las tan comunes pistolas semiautomáticas de este mundillo.
Por si no lo sabíais o no os lo había contado, el trabajo de nuestro hombre era el de pacificador de los carteles, era a quien llamaban para en su representación poner paz en las disputas de las pequeñas bandas que se encargaban de las distintas zonas de distribución.
Cuando las armas afloraron, suspiro, pidió calma y les rogó que las guardasen.
Aunque a regañadientes, poco a poco volvieron a su lugar bajo las chaquetas.
Una vez recuperada la calma, volvió a centrarse en los dos mas gallitos.
La conversación se estaba saliendo de madre y no había forma de frenarlos, cada vez mas cerca uno del otro, cada vez mas exaltados. Dio un paso hacia delante y se coloco prácticamente en medio de ellos. Les dijo con voz calmada: “Hoy no tengo el ritmo en el cuerpo para bailar el agua a nadie, así que dejarlo de una puta vez.”
Ellos dieron un paso mas y quedaron a una distancia incomoda del pacificador. Este se cruzo de brazos, metiendo sus manos bajo la gabardina, suspiro y con un rápido movimiento, sus manos aparecieron de nuevo a la vista de todos con un Tanto japones en cada una, acabando con la discusión a la vez que acababa con la vida de los dos gallitos. El resto casi no vieron las armas, prácticamente no percibieron el movimiento de manos, simplemente vieron las dos gargantas cercenadas de las que brotaba sangre como si de un manantial se tratara.
Dio un par de pasos atrás y guardo los cuchillos para remplazarlos por dos armas automáticas de fabricación rusa.
Miro al resto y les dijo: “Vosotros veréis, si seguís haciendo el gilipollas no me vais a dejar otra opción mas que acabar con todo el que sea un problema sino, podéis asentir, reconocer los términos que os he propuesto para zanjar este acuerdo y deshaceros del cuerpo de estos dos mierdas.”
Asintieron y cada grupo se acerco para recoger a su miembro caído.
El permaneció tranquilo, impasible mientras se marchaban. Una vez estuvo solo, saco un pañuelo de su bolsillo, limpio la sangre que había caído en sus zapatos y se dirigió al metro.
“El día no había sido como esperaba”, pensaba mientras montaba en el metro camino a casa.
“Y ahora me queda lo peor, cumpleaños de mi hija en el parque de bolas y aguantar a los gallitos de los padres presumiendo de trabajos, coches y de lo listos y guapos que son sus hijos”-Pensaba mientras hacia una mueca de asco – “Mejor me dejo los cuchillos en casa.”
Muy parecido a mis libros
ResponderEliminarLos que leo.